domingo, 24 de julio de 2016

Sabor a café. Capítulo II: Agridulce

Me sumo a la iniciativa GLBT en español que se inició en Wattpad. 



Capítulo II: Agridulce
Jugué con la consola del PlayStation3, harta de perder en el mismo nivel tiré el mando en el sofá de tres cuerpos. Me estiré como un gato y sonreí satisfecha. Amaba los días caseros, donde salir no era una exigencia y podía disfrutar de momentos banales. 
El teléfono repicó varias veces en la sala. Mi rostro relajado se tensó y pensé: « es Francisca». Sentí una corriente atravesar mi cuerpo.
Francisca era mi editora, tenía que entregarle el libro ni bien lo terminara. La mujer era seria en su trabajo, en la fecha de entrega llamaba varias veces en el día hasta que le contestara. Yo era de las escritoras que demoraba en poner el punto final a la historia y eso desesperaba a Francisca,  más de una vez tuvo que quedarse adormir en el cuarto de invitados para asegurarse que el trabajo estuviera a tiempo.  
El  teléfono no tardaría en volver a sonar. Suspiré fastidiada. No importaba las veces que le dijera a la editora que llamara a mi celular, ella terminaba llamando a mi casa. Odiaba el repique del teléfono, sólo me agradaba que sonara cuando mis conquistas nocturnas quería verme, no por trabajo.
Busqué el celular con la mirada, lo encontré en la cómoda cerca del televisor plasma que tenía en la sala. Llamé a Francisca antes que el ruido iniciara.  
—Aló —contestó Francisca.
Modulé la voz para no expresar mi enojo.
—Buenos días. ¿Me llamaste a casa? —pregunté.
—Sí. Hoy es el día de la entrega del libro —replicó Francisca, con voz cantarina—. Nos vemos en la cafetería que te gusta ir.
Mi editora no esperó respuesta, ya había colgado.
Caminé arrastrando los pies hasta llegar a mi estudio. Miré el monitor de la computadora, estaba abierto en Word y todavía no ponía el punto final a la historia. Encendí la impresora y puse el papel. Lo mejor sería llevar los avances y pedir opiniones a la editora, que no sólo era su trabajo recoger el escrito, sino servir de guía en esos momentos.
***
Llegué a la puerta de la cafetería. Sentí una gota mojar mis  manos al momento de agarrar la perilla. Miré al cielo. Las nubes eran grises y cargadas. Detestaba los inviernos limeños, no sólo por la humedad sino por el frío que penetraba las gruesas casacas que usaba.
Entré y busqué con la mirada a Francisca. La editora estaba sentada en la última mesa con dirección al baño, en la mesa descansaba un taza de café humeante, que disfrutaba con un pastel.
Me senté en la silla libre. Francisca me miró de reojo, esperaba que una moza se acercara a tomar mi orden.
La misma mesera que atendió a Camila y a mí se acercó. Sonreí.
***
Miraba a Keila en silencio, no era ajena sus gustos sexuales.  Descubrí sus preferencias a la semana de iniciar a trabajar como su editora. Mi primera reacción fue de desagrado; segundo pensé que ella trataría de seducirme a la primera oportunidad. Todo el miedo que sentí a la posibilidad se fue por la borda, cuando Keila me dejó en claro que no sentía atracción ni deseo por mí. Pasé de perturbación a rechazo en un pestañeo, me sentí tranquila y dolida. Pensé: «¿ni siquiera a una bisexual puedo provocar?».
A mis veintiocho años sólo había tenido tres parejas, de las cuales dos me engañaron y uno murió en un accidente automovilístico. Creía que a esa edad debería estar saliendo con un buen chico trabajador,  y ambos  estar planificando el futuro, como una familia. Sabía que no era agraciada ni curvilínea, pero confiaba que podía encontrar un chico que me quisiera como era sin importar apariencia física.
Keila seguía sonriendo a la joven mientras miraba la carta. Muchas veces hablé con ella de mi miedo a quedarme sola. Para mí era un tema importante, mientras la escritora escuchaba atenta. A veces creía que Keila estaba reuniendo información para poder emplearlo en algún futuro personaje. Ella decía que no tenía miedo a quedarse sola, a diferencia de mí, prefería estar sola y no se mortificaba por tener una compañera, que era lo que prefería, o compañero al costado para disfrutar de la vida. Su filosofía de vida era práctico: «No hay tiempo para pensar en el futuro, se piensa en el hoy. No sabes si mañana seguirás vivo, es mejor vivir hoy.»
No quería pensar en la muerte, pero en el fondo sabía que Keila tenía razón. La ciudad se estaba volviendo insegura. Los delincuentes subían a los trasportes a asaltar con armas de fuego y podrían matarte por doscientos dólares o por una laptop. Yo aún usaba el trasporte público para llegar al trabajo y me encomendaba a Dios, al igual que la mayoría de los pasajeros, para seguir con vida un día más.  
Keila estaba pidiendo más de lo acostumbrado, sólo pedía muchos postres cuando todavía no había almorzado. Los problemas alimenticios de Keila era su segundo peor defecto, el primero era llegar tarde a sus citas por la mañana.
Cerró la carta y se lo entregó a la joven. Esperé que estuviera alejada de nosotras, dejé a un lado la taza de café.
—Todavía no he terminado el libro —dijo Keila.
Al comenzar a trabajar como su editora, desde el año pasado, aprendí que ella tenía una fascinación por no cumplir las fechas de entrega.
Keila sacó de su bolsa negra un conjunto de hojas. Curvé las cejas. Era la primera vez que me traía un borrador impreso, prefería los borradores por correo. Pero supuse que lo trajo así porque le dije en una oportunidad que leo más rápido en un borrador en físico que en digital.
—¿Quieres que lo lea aquí o es para leer en casa? —dije.
—Como quieras —contestó Keila—. Hay partes que he marcado porque no estoy segura. Tampoco estoy segura de cómo tiene que terminar.
Tomé las hojas. Leí las primeras quince hojas mientras ella disfrutaba del primer pastel. Había muchas partes marcadas. Era la primera vez en todo ese tiempo que me pedía opiniones. La rutina era que leyera el escrito y le decía que tenía que cambiar y ella, a regañadientes, cambiaba los diálogos por unos más melosos. Era demasiado realista para escribir. Estaba en el grupo de escritoras que escribía porque le nacía escribir, no estudió letras como otros autores.
Guardé el borrador. Miré el reloj de pulsera que mis compañeros editores me regalaron por mi cumpleaños, marcaba dos y treinta de la tarde. Me despedí de Keila, tenía una hora llegar al departamento de la escritora Mariela.
Mariela, a diferencia de Keila, era estudiante en literatura y le encantaba presumir de ello. Tachaba, en privado, a los otros escritores que no habían estudiado de «escritorcillos de cuarta». En público saludaba a los escritorcillos como si fueran amigos de toda la vida, en especial si había prensa. Le encantaba lucir su sonrisa falsa en los medios.
Tenía a cinco escritores a cargo, no deseaba ni uno más. Cada escritor era diferente al otro, era complicado tratar con ellos por sus egos. Mariela sabía que me reunía con Keila antes de ir a su departamento, y había tacho a Keila de «rarita» y de «escritorcilla de cuarta».
Me despedí de Keila. Estaba contra el tiempo para llegar a  hora indicada a mi reunión con Mariela.
***
Comí el segundo postre, podía escuchar en mi mente el reclamo de Dana por no cuidar mis horas de almuerzo y lo que comía. Me había dicho más de una vez que los dulces no me dan las vitaminas y proteínas que necesitaba.
—Disculpa, ¿puedo sentarme?
Camila estaba de pie esperando mi respuesta. Sólo moví la cabeza en afirmación, estaba ocupada con el postre.
Ella se sentó en la misma silla donde estuvo Francisca. Me arrepentí de haber pedido tres pasteles, estaba incomoda con su presencia. El primer encuentro dije información muy íntima por descuido, la castaña sabía cómo encontrarme. Miré el gran ventanal de la cafetería, estaba lloviendo. Había pasado una semana desde la primera vez que nos vimos y pensé no verla más.
Camila intercambiaba miradas entre la carta y yo, mientras la moza esperaba a que pidiera.
No levanté la mirada. Era más entretenido acribillar al  pastelillo que iniciar una conversación. Las manos de Camila se movían ansiosas sobre el mantel.
―¡Qué coincidencia encontrarte aquí! ― dijo Camila, tratando de iniciar el diálogo.
La miré y sonreí cortés. Era la segunda vez que le sonreía  carente de sentimientos. 
―Pensé que ya no volverías por la mala atención de la semana pasada.
―Estaba cerca y comenzó a llover otra vez. No quería mojarme ―respondió Camila, sonriendo.
El pequeño plato estaba vacío, había terminado de comer el último postre. Camila también miraba el utensilio.
―Fue un gusto volver a encontrarte. Que tengas una dulce merienda ―me despedí.
Me encaminé a la caja lo más rápido que pude para pagar la deuda e irme. El automóvil estaba cerca. Tenía la necesidad de resguardarme en mi solitario departamento.
***
En la puerta de mi departamento se encontraba Milagros. Curvé los labios en un gesto de desagrado. No quería tener a una compañera que en unas horas tendrías que dar explicaciones.
La mujer de edad madura que vivía al frente de mí departamento nos veía con suspicacia. Milagros estaba incómoda que la señora cada cierto minuto saliera de su casa a mirarnos. 
―Hola ―dije, sonriendo.
Milagros correspondió mi sonrisa con una de felicidad genuina. Sospeché, desde que conocí a la joven, que era mucho menor de la edad que decía tener. Su pequeño cuerpo, gestos y rostro de niña eran los signos más evidentes. La primera vez que intimidamos lo ignoré, pero viéndola sin la lujuria presente, calculé que la verdadera edad de Milagros era de dieciséis o diecisiete y no los veintidós años que decía tener. Sentí que se avecinada un dolor de cabeza si seguía pensando en el tema. Analizaba cómo deshacerme de su compañía, no quería verla más.
Una noche. Sólo eso quise de ella y al día siguiente seríamos dos extrañas. Suspiré. Iba hacer difícil que la joven entendiera qué pasó entre nosotras. Mientras más rápido comenzará, más rápido podría disfrutar de la soledad. Abrí la puerta para que Milagros entrara. Era consciente que mi vecina tenía sospechas de mí, y no me hubiera importado si la mujer no fuera una fanática religiosa, que miraba a los homosexuales como si fuéramos unos especímenes raros y monstruosos. Tener a un personaje así inmiscuyéndose en mi vida privada era hostigaste. 
Milagros se sentó en el sofá más grande, esperaba ansiosa que me acercara para comenzar la diversión. Ella había estado con chicos, pero nunca se interesó en mujeres hasta el viernes pasado, donde nos conocimos en una discoteca.
La bebida, las luces multicolores, mis palabras y mi voz tranquila hicieron que Milagros, en su momento de borrachera, se aferrara a mí como un salvavidas. Su última relación la dejó desecha.
Mis dedos pálidos pasaron por mi cabellera rubia. Estaba enfrentándose a una nueva situación. Después de intimar, mis compañeros entendían que sólo era eso: sexo sin compromiso. No era necesario hablar después del acto para saber que de la misma forma que empezó, se terminaba. Los pocos amantes que pedían mi número a los pocos días entendían que no se repetiría. Las llamadas telefónicas sin responder y mi  ausencia en el hogar era la mejor respuesta.   
Me senté en el sofá que estaba al costado. Milagros miraba curiosa la lejanía. Al parecer pensó que era parte del juego; la indiferencia puede ser a veces seductora. Pero las siguientes palabras que dije la desconcertaron.
―Tenemos que hablar.
Milagros bajó la cabeza, pude ver sus ganas de llorar. Su salvavidas se estaba desinflando y dejando que se ahogara. 


0 comentarios:

Publicar un comentario